Sobre nosotras
En cada colección, Elena y Ángela entrelazan sus miradas: la sensibilidad por las historias y las personas, y con la comprensión de cómo una pieza se integra en el cuerpo. Lamul no es solo cerámica; es una invitación a bajar el ritmo, a rodearse de objetos honestos y a elegir con cuidado aquello que forma parte de nuestra rutina. Lamul es, ante todo, un espacio donde las cosas se hacen despacio, con intención y con respeto por cada etapa del proceso cerámico. En su mesa de trabajo, cada pieza empieza siendo un bloque de barro sencillo que se amasa, se escucha y se transforma sin prisas, dejando que las manos y el material marquen el ritmo. No hay urgencia: hay cuidado, repetición y pequeños gestos que se perfeccionan con el tiempo.
En el taller, las formas nacen de lo que la arcilla también sugiere. Cada curva, cada unión y cada borde se afinan con calma, entendiendo la cerámica como un diálogo entre lo útil y lo bello. El resultado son piezas ligeras, sobrias y delicadas, que buscan acompañar la vida diaria sin imponerse.
El proceso continúa con secados lentos, cocciones cuidadas y acabados suaves que respetan la textura del barro y los matices del esmalte. Nada se disfraza: se muestran las pequeñas variaciones, las huellas del hacer, como parte de la identidad de cada objeto. Así, Lamul defiende una forma de crear y consumir más consciente, donde menos piezas significan más sentido, y donde el lujo está en lo que perdura, no en lo que se acumula.
Elena
Elena Martín Tejeiro es artesana ceramista cuya trayectoria destaca por su entrega al arte y la enseñanza. Fundadora y directora del taller Cassandra Mull, Elena ha forjado un camino donde la cerámica es mucho más que una técnica: representa un refugio y un lenguaje ancestral para reconectar con lo esencial y sobrellevar los retos de la vida moderna.
Sus piezas, influenciadas tanto por la naturaleza como los animales o los elementos minerales y las formas orgánicas, transmiten la belleza de lo imperfecto y el valor de lo hecho a mano. Después de ser madre, la vida de Elena se ha visto atravesada por una enfermedad rara que supone una discapacidad invisible y poco comprendida. Por este motivo, aunque buscó el reconocimiento legal, le fue denegada la incapacidad permanente, ya que la incomprensión institucional sobre este tipo de condiciones persiste. Esta situación la llevó a tomar la decisión de dejar “voluntariamente” su empleo como funcionaria, un puesto que ya no podía
desempeñar de manera adecuada debido a las limitaciones impuestas por la enfermedad. Sin embargo, estas dificultades no han marcado su identidad desde el sacrificio, sino que han impulsado una mirada creativa y resiliente, encontrando en el arte y la docencia un sentido renovado.
Elena entiende cada pieza de cerámica como una declaración de intenciones: celebrar lo lento, lo imperfecto y lo auténtico, resistiendo la lógica del consumo rápido y la producción mecánica. Cassandra Mull no es solo un taller, sino una pequeña resistencia contra la cultura del descarte, un lugar donde crear es también recordar quiénes somos y de dónde venimos. Elena promueve la recuperación del trabajo artesanal y la importancia de los oficios manuales, defendiendo la dignidad de lo hecho a fuego lento y con significado.
Además de su labor creativa, Elena destaca por su profunda vocación de transmitir conocimientos. Imparte talleres regulares y monográficos sobre torno, modelado, decoración y formulación de esmaltes, compartiendo con generosidad todo lo aprendido a lo largo de años de formación y experimentación. Licenciada en Humanidades y estudiante de Antropología Social y Cultural, su aproximación al arte se enriquece de una visión humanista y social, centrada en el poder transformador de la educación y la comunidad. La enseñanza para Elena es acompañamiento, escucha y presencia. Incorpora prácticas de mindfulness en su trabajo diario, ayudando a sus alumnos y alumnas a encontrar en el contacto con el barro una vía de autoexploración y autoconocimiento, además de la adquisición de habilidades técnicas. Su recorrido vital y artístico demuestra que, ante las adversidades y ante la falta de reconocimiento oficial de la discapacidad, es posible reinventarse y dotar de sentido cada experiencia a través del arte, la creación y la docencia. Así, la historia de Elena no habla solo de superación personal, sino sobre todo de una dedicación auténtica a preservar y transmitir el valor del trabajo artesanal y la creación compartida, configurando un espacio donde cada pieza es vida, memoria y futuro.
Ángela
Ángela Pozo Mota. Ella creció creyendo que lo que salía de sus manos no era importante. De niña inventaba collares con cualquier cosa que encontraba, dibujaba vestidos en los márgenes de sus cuadernos y se perdía durante horas en su mundo de formas y colores. Pero cada vez que enseñaba algo, las respuestas eran las mismas: “Eso no te dará de comer”, “no es una profesión de verdad”, “mejor piensa en algo serio”. Poco a poco dejó de enseñar lo que hacía. Luego dejó de hacerlo. Y un día, casi sin darse cuenta, empezó a creer que su creatividad no valía nada.
Los años pasaron y Ángela eligió caminos seguros, trabajos que sonaban bien cuando los contaba, pero que la dejaban vacía por dentro. Era diseñadora de joyas en silencio y marketer de moda de puertas para afuera, cumpliendo objetivos, plazos, entregas. Desde fuera todo parecía estable; por dentro sentía que se había ido alejando de la parte más verdadera de sí misma. Pensaba: “Ya es tarde. Si de verdad valiera, lo habría hecho antes”.
Hasta que un día, casi por casualidad, encontró un taller de cerámica. No buscaba un cambio de vida; solo un respiro. “Son dos horas, nada más”, se dijo. Pero al entrar en ese espacio, al oler el barro húmedo y ver las mesas manchadas, pasó algo que no esperaba: se reconoció. No en el espejo, sino en la sensación de estar a punto de jugar. Se sentó frente a un trozo de arcilla y se quedó quieta, sin saber por dónde empezar. La profesora se acercó y, con una calma que no juzgaba, le dijo: “No tienes que hacerlo perfecto”. Aquellas palabras le tocaron un lugar antiguo. Llevaba toda la vida intentando ser perfecta para que la quisieran; ahora alguien le invitaba a equivocarse, a probar, a sentir.
Sus manos, torpes al principio, empezaron a moverse. El barro cedía, se dejaba moldear. En ese silencio atento, Ángela sintió algo que creía perdido: la niña que fue. La niña que se ilusionaba con una idea, que se manchaba sin miedo, que no se preguntaba si lo suyo “era suficiente”. De golpe entendió que el problema nunca había sido falta de talento, sino falta de confianza y de cuidado. A partir de ese día, el taller se convirtió en refugio y espejo. Mientras afinaba bordes y pulía superficies, también iba afinando su propia mirada hacia sí misma. Comprendió que no había llegado tarde: había llegado con toda su historia, con todo lo aprendido, con todas las veces que se había callado. Y todo eso también tenía valor.
Unió entonces sus dos mundos: la sensibilidad de la diseñadora de joyas y el conocimiento de la marketer de moda. Esta vez no para levantar proyectos ajenos, sino para dar forma al suyo. Emprender cerca de los cuarenta dejó de parecer una locura y empezó a ser un acto de amor propio: elegir, por fin, una vida en la que su creatividad tuviera sitio.
La historia de Ángela no es la de alguien “especial” al que todo le sale bien. Es la historia de una mujer que un día decidió dejar de creer que no valía y se dio una segunda oportunidad, porque nunca es tarde para volver a ti, para escuchar lo que quieres crear y confiar en que, dentro de ti, sigue viviendo esa parte que sabe que sí puede.


